El hermano mayor de Ramón Pesebre, Rubén Ceferino, murió de indigestión. O sea, le dio como un paro cardíaco después de comer a lo bestia. Pasó en Villa Domínico, dos días luego que un maestro del peronismo, Herminio Iglesias, le prendiera fuego a un ataúd, cuando la campaña presidencial del '83 caldeaba el espíritu de una democracia naciente.
Rubén Ceferino era récord-man del sector gastronómico, no sólo porque laburaba de mozo en una pizzería de Avellaneda, junto a la Cancha del Rojo, donde te atendía más rápido que cualquiera, sino porque se podía comer 50 panchos, con sus correspondientes dosis de Mirinda, sin que a Dios le diera por abrigarlo con su infinita Gloria.
...Pero siempre hay una primera vez para morirse...
Este talento pantagruélico más temprano que tarde le dio sus humildes frutos. A los quince años, Rubén Ceferino debutó en la Liguilla Latinoamericana, con la entusiasta aspiración de clasificar al Tercer Mundial de Barbacoas disputado en Denver, Colorado (EEUU); a los veinte, un dictador sudamericano lo condecoró con la Orden del Mérito cuando engulló, magistralmente, en un Torneo Panamericano, cuatro kilos de pastel de papa, con sus correspondientes pasas de uva, dejando en un injustamente olvidado segundo lugar a Robert J. MacCormmick, el Tiburón de Nebraska.
Sin embargo estos y otros logros de carácter internacional, que prestigiaron el palmarés envidiable de un deportista ejemplar, el reconocimiento argentino jamás acarició el tierno ego de Rubén Ceferino, un luchador de los que casi nadie ve. Ni siquiera le llegó una miserable gota de amor popular, ni una, cuando el frío beso de la muerte lo durmió en la Eternidad y en la Gloria del Santísimo Padre...
...Esa fue la última vez que en Villa Domínico se realizó el Campeonato Nacional de Récords Pantagruélicos...
En una competencia reñida, luchó cuerpo a cuerpo con el inolvidable Tránsito Ferreira, el Hurón de Necochea, y comió 48 choripanes (la galleta estaba crocante), con sus correspondientes dosis de vino tinto carlón, además de tragar, con categoría, 27 porciones de flan casero de la vieja Bacigalupo, con sus correspondientes cucharas soperas de dulce de leche tipo repostero.
Dicen los testigos que las escenas aquella vez vividas en Villa Domínico ingresaron, para siempre, en la Historia no escrita de la Desgracia Humana. Ninguna crónica dio cuenta de la tragedia. El glamour excéntrico de la democracia naciente opacó la muerte de un dulce príncipe de la obesidad entendida como cosecuencia natural de un deporte sacrificado, en un país en donde los récords gastronómicos carecen de ayuda oficial y apoyo del sector privado, en un país indiferente a los esfuerzos marginales.
Cuando todo indicaba que Rubén Ceferino ganaría por la mínima diferencia, empezó a gemir y a transpirar como un cerdo. Abrió la boca como si fuera un pez deforme fuera del agua. Se le agrandaron los ojos hasta enrojecer cargados de sangre. Experimentó convulsiones que torturan todavia la memoria de los testigos. Un viscoso hilo de baba blanca se anticipó a un copioso vómito entrecortando los estertores ahogados de una muerte inevitable.
Como todo amateur condecorado con el olvido inmediato, Rubén Ceferino fue arrojado a la fosa común del cementerio de Avellaneda. Las escenas de la muerte del deportista y de su abandono entre cadáveres y huesos anónimos, cubierto de cal y un poco de tierra, perturbaron a un Ramón Pesebre que apenas gambeteaba los conflictos naturales de la pubertad.
Se sabe, según la extensa y contradictoria biografía de Ramón, que su tío Belisario, mientras la carne de Rubén, flaccida y esponjosa, se acomodaba entre otros muertos, dijo una gran verdad:
"¡La pucha Ramoncito...! ¡Lo bien que nos vendría el cajón que quemó Herminio!".
Rubén Ceferino era récord-man del sector gastronómico, no sólo porque laburaba de mozo en una pizzería de Avellaneda, junto a la Cancha del Rojo, donde te atendía más rápido que cualquiera, sino porque se podía comer 50 panchos, con sus correspondientes dosis de Mirinda, sin que a Dios le diera por abrigarlo con su infinita Gloria.
...Pero siempre hay una primera vez para morirse...
Este talento pantagruélico más temprano que tarde le dio sus humildes frutos. A los quince años, Rubén Ceferino debutó en la Liguilla Latinoamericana, con la entusiasta aspiración de clasificar al Tercer Mundial de Barbacoas disputado en Denver, Colorado (EEUU); a los veinte, un dictador sudamericano lo condecoró con la Orden del Mérito cuando engulló, magistralmente, en un Torneo Panamericano, cuatro kilos de pastel de papa, con sus correspondientes pasas de uva, dejando en un injustamente olvidado segundo lugar a Robert J. MacCormmick, el Tiburón de Nebraska.
Sin embargo estos y otros logros de carácter internacional, que prestigiaron el palmarés envidiable de un deportista ejemplar, el reconocimiento argentino jamás acarició el tierno ego de Rubén Ceferino, un luchador de los que casi nadie ve. Ni siquiera le llegó una miserable gota de amor popular, ni una, cuando el frío beso de la muerte lo durmió en la Eternidad y en la Gloria del Santísimo Padre...
...Esa fue la última vez que en Villa Domínico se realizó el Campeonato Nacional de Récords Pantagruélicos...
En una competencia reñida, luchó cuerpo a cuerpo con el inolvidable Tránsito Ferreira, el Hurón de Necochea, y comió 48 choripanes (la galleta estaba crocante), con sus correspondientes dosis de vino tinto carlón, además de tragar, con categoría, 27 porciones de flan casero de la vieja Bacigalupo, con sus correspondientes cucharas soperas de dulce de leche tipo repostero.
Dicen los testigos que las escenas aquella vez vividas en Villa Domínico ingresaron, para siempre, en la Historia no escrita de la Desgracia Humana. Ninguna crónica dio cuenta de la tragedia. El glamour excéntrico de la democracia naciente opacó la muerte de un dulce príncipe de la obesidad entendida como cosecuencia natural de un deporte sacrificado, en un país en donde los récords gastronómicos carecen de ayuda oficial y apoyo del sector privado, en un país indiferente a los esfuerzos marginales.
Cuando todo indicaba que Rubén Ceferino ganaría por la mínima diferencia, empezó a gemir y a transpirar como un cerdo. Abrió la boca como si fuera un pez deforme fuera del agua. Se le agrandaron los ojos hasta enrojecer cargados de sangre. Experimentó convulsiones que torturan todavia la memoria de los testigos. Un viscoso hilo de baba blanca se anticipó a un copioso vómito entrecortando los estertores ahogados de una muerte inevitable.
Como todo amateur condecorado con el olvido inmediato, Rubén Ceferino fue arrojado a la fosa común del cementerio de Avellaneda. Las escenas de la muerte del deportista y de su abandono entre cadáveres y huesos anónimos, cubierto de cal y un poco de tierra, perturbaron a un Ramón Pesebre que apenas gambeteaba los conflictos naturales de la pubertad.
Se sabe, según la extensa y contradictoria biografía de Ramón, que su tío Belisario, mientras la carne de Rubén, flaccida y esponjosa, se acomodaba entre otros muertos, dijo una gran verdad:
"¡La pucha Ramoncito...! ¡Lo bien que nos vendría el cajón que quemó Herminio!".
