Flores de una Privamera Gris

lunes 9 de noviembre de 2009

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El hermano mayor de Ramón Pesebre, Rubén Ceferino, murió de indigestión. O sea, le dio como un paro cardíaco después de comer a lo bestia. Pasó en Villa Domínico, dos días luego que un maestro del peronismo, Herminio Iglesias, le prendiera fuego a un ataúd, cuando la campaña presidencial del '83 caldeaba el espíritu de una democracia naciente.

Rubén Ceferino era récord-man del sector gastronómico, no sólo porque laburaba de mozo en una pizzería de Avellaneda, junto a la Cancha del Rojo, donde te atendía más rápido que cualquiera, sino porque se podía comer 50 panchos, con sus correspondientes dosis de Mirinda, sin que a Dios le diera por abrigarlo con su infinita Gloria.

...Pero siempre hay una primera vez para morirse...

Este talento pantagruélico más temprano que tarde le dio sus humildes frutos. A los quince años, Rubén Ceferino debutó en la Liguilla Latinoamericana, con la entusiasta aspiración de clasificar al Tercer Mundial de Barbacoas disputado en Denver, Colorado (EEUU); a los veinte, un dictador sudamericano lo condecoró con la Orden del Mérito cuando engulló, magistralmente, en un Torneo Panamericano, cuatro kilos de pastel de papa, con sus correspondientes pasas de uva, dejando en un injustamente olvidado segundo lugar a Robert J. MacCormmick, el Tiburón de Nebraska.

Sin embargo estos y otros logros de carácter internacional, que prestigiaron el palmarés envidiable de un deportista ejemplar, el reconocimiento argentino jamás acarició el tierno ego de Rubén Ceferino, un luchador de los que casi nadie ve. Ni siquiera le llegó una miserable gota de amor popular, ni una, cuando el frío beso de la muerte lo durmió en la Eternidad y en la Gloria del Santísimo Padre...

...Esa fue la última vez que en Villa Domínico se realizó el Campeonato Nacional de Récords Pantagruélicos...

En una competencia reñida, luchó cuerpo a cuerpo con el inolvidable Tránsito Ferreira, el Hurón de Necochea, y comió 48 choripanes (la galleta estaba crocante), con sus correspondientes dosis de vino tinto carlón, además de tragar, con categoría, 27 porciones de flan casero de la vieja Bacigalupo, con sus correspondientes cucharas soperas de dulce de leche tipo repostero.
Dicen los testigos que las escenas aquella vez vividas en Villa Domínico ingresaron, para siempre, en la Historia no escrita de la Desgracia Humana. Ninguna crónica dio cuenta de la tragedia. El glamour excéntrico de la democracia naciente opacó la muerte de un dulce príncipe de la obesidad entendida como cosecuencia natural de un deporte sacrificado, en un país en donde los récords gastronómicos carecen de ayuda oficial y apoyo del sector privado, en un país indiferente a los esfuerzos marginales.

Cuando todo indicaba que Rubén Ceferino ganaría por la mínima diferencia, empezó a gemir y a transpirar como un cerdo. Abrió la boca como si fuera un pez deforme fuera del agua. Se le agrandaron los ojos hasta enrojecer cargados de sangre. Experimentó convulsiones que torturan todavia la memoria de los testigos. Un viscoso hilo de baba blanca se anticipó a un copioso vómito entrecortando los estertores ahogados de una muerte inevitable.

Como todo amateur condecorado con el olvido inmediato, Rubén Ceferino fue arrojado a la fosa común del cementerio de Avellaneda. Las escenas de la muerte del deportista y de su abandono entre cadáveres y huesos anónimos, cubierto de cal y un poco de tierra, perturbaron a un Ramón Pesebre que apenas gambeteaba los conflictos naturales de la pubertad.

Se sabe, según la extensa y contradictoria biografía de Ramón, que su tío Belisario, mientras la carne de Rubén, flaccida y esponjosa, se acomodaba entre otros muertos, dijo una gran verdad:

"¡La pucha Ramoncito...! ¡Lo bien que nos vendría el cajón que quemó Herminio!".

Freddie Roca
El Esnoubordita Rebelde
Revolución en Maldivas

Sobre recomendaciones de lectura

lunes 2 de noviembre de 2009

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Recomendar lectura siempre se hace notar como una gran responsabilidad, en especial cuando se supone que uno tiene que preservar ciertas estupideces ancladas en la moral imperante o lo que sea y venga con bonete para idiotas.

La responsabilidad de lo que se lee corre por cuenta de los lectores. De cómo lo leen y por qué, también. De un argumento así se desprende que son los lectores, y los escritores, también lectores, los responsables de cuidar la mayor diversidad literaria posible. Los Estados están para mirar cuadrados, y las editoriales están para rendir cuentas a una economía suicida de mercado.

Leer es una responsabilidad, no un acto de obediencia; los condicionamientos, en última instancia, le pertenecen a uno mismo. Que no sea de este modo, bien puede ser el resultado de una enajenante falta de protagonismo colectivo.

Breves Obituarios de Contratapa

sábado 31 de octubre de 2009

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En la Sección "Empresas & Negocios", del Periódico "El Ombligo de la República", podemos encontrar estos curriculum ejemplares. Profesionales de alto handicap destacados en la contratapa de un suplemento imprescindible en la biblioteca de la familia.

Rogelio Flores: Ingeniero Agrónomo. Graduado en la Universidad de Buenos Aires (UBA) en 1996. Tiene un Master en Administración de Empresas Agropecuarias en la Universidad Católica Argentina (UCA). Gerente para Argentina de una Cerealera Internacional con sede en Kansas. Es exitoso.
Mauricio Gatto: Médico Veterinario doctorado en 1998. CEO y Gerente General de una Empresa Lider Mundial en Venta y Distribución de champú para caballos deportistas (Esos que juegan al polo, por ejemplo). Es más exitoso que el anterior.
Héctor J. Gutiérrez Infante: Médico Pediatra. Subalterno y Alcahuete Senior de la Industria Farmacéutica. Director de una Clínica Modelo. Exitoso, no como él quisiera, pero exitoso. Proactivo.
Néstor J. Gutiérrez Infante: Empresario pornógrafo de la Niñez, hermano del anterior. Matrícula Profesional Número 1003009 / 3,1416... Víctima de leyes antimonopolio y perseguido por Agencias Recaudadoras de Impuestos, fundó la Federación Argentina de Pornografía Infantil (FAPI) con el objeto de lograr que el país sea incluido en los estatutos internacionales que preservan y estimulan el rubro. Recientemente fue declarado Visitante Ilustre de Samarcanda de los Andes. Agradeció el detalle con emoción visible. Muy exitoso, más que cualquiera.
Horacio Malagamba: Perjudicatario. (1979-2009)

Chocolatería Daltónica Subsidiada por el Estado y por la Paciencia Descomunal de Bariloche

miércoles 28 de octubre de 2009

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Puede ser. Nadie lo confirma. Tampoco hay quien lo niegue desde la soberbia certeza que barniza las verdades, las de verdad y las que se ponen entre comillas. Pero hay una Fábrica Daltónica de Chocolate que tiene varios esclavos y algunos alcahuetes que hacen las veces de, a ver, cómo lo decimos…hacen las veces de barrera de contención entre los cautivos y los propietarios de la empresa, que son ciudadanos ilustres, obviamente, y por demás estará decirlo, merecen el mayor de los respetos de nuestra parte, como los vulgares desagradecidos que somos.

Los empleados, pues así llaman a las personas humilladas, en la hora del almuerzo tienen asegurada una ensalada mixta de cucarachas y tijeretas, insectos cosechados, respetando los más altos estándares de calidad, en pasillos y en subsuelos del edificio Bariloche Center. Se oyen siempre algunos latigazos, las risas obligatorias de los azotados, y el chapoteo de los condenados, que cada seis horas bailan ágiles, encima de sus propias excreciones, para diversión de todos, incluidos ellos mismos, porque cuando ya nada se tiene que perder, pareciera que se aprende a disfrutar el maltrato… hasta que la paciencia termina y florece la demencia.

Los ángeles del sindicalismo local hacen sus negocios turbios con los dueños de la Chocolatería Daltónica, lucen trajes que los emparentan con mafiosos de poca monta, los que cara a cara con mafiosos de a de veras terminarían acribillados en un periquete.

Pero vamos a lo que importa, porque sinceramente no vale la pena perder el tiempo relatando la miseria de los miserables. El precio del Chocolate Daltónico es un tanto elevado para el bolsillo de un trabajador promedio; sin embargo, los dueños de la Fábrica Subsidiada por el Estado y por la Paciencia Descomunal de Bariloche, gozan de lo que puede considerarse una situación económica próspera.

¿La Clase Media es pelotuda?

martes 27 de octubre de 2009

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...

...O se hace...

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"Buenos Aires no existe"

viernes 23 de octubre de 2009

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El doctor Álvaro Garbanzúa está seguro. Buenos Aires no existe. Jamás existió. Es una invención de los medios, una construcción holográfica ejecutada en un llano de la estepa, cerca de Jacobacci. Está seguro el doctor. No tiene la menor duda. Lo que todavía no descubrió Garbanzúa es el motivo de tremenda fabulación. Hay millones de dólares invertidos para contar la historia de una locura que no existe, un pandemonium que no es más que un destello de muerte y resurrecciones a medias. Las intenciones que hay detrás de toda esta farsa, para el doctor, no son otra cosa que un fascinante misterio.

Dicen los que saben incluso lo que no saben, que Garbanzúa es un infeliz, pero más allá de las descalificaciones no dicen otra cosa; enmudecen ante la evidencia del desconcierto. Las firmes convicciones del investigador no van en contra, por supuesto, de las leyendas, de los mitos, ni de las necesidades humanas que allí encuentran refugio y miserable placebo. Si, es verdad: las voces y los llantos desesperados que vienen con las noticias trágicas de Buenos Aires ocurren, pero el viento las trae de otros lugares, no de Buenos Aires, porque Buenos Aires no existe, no ese Buenos Aires de capital federal y alrededores, el humeante cúmulo de seres enloquecidos y hundidos en un lodazal cada día más profundo.

Lo que sí existe, según el doctor Garbanzúa, es un relumbrón mágico que impregna la vida de dolor y desilusión, un amontonamiento insensato de almas acosadas por el magnetismo brutal de un infierno electrónico digitado por algunos genios de la holografía. Lo que sí existe, según el investigador abucheado por los hologramas, es un paraíso de hojalata sin señales de advertencia y con carteles luminosos de prostibularia estética.

Los puritanos prefieren ensayar el teatro de las impresiones impostadas, los desmayos elegantes y calculados, estilo culebrón venezolano, además de las indignaciones refinadas y pronunciadas en una lengua que resalta el cinismo y la hipocresía. Los demás preferimos, en cambio, reconocer que más allá de lo que pensemos del doctor Garbanzúa y de sus firmes convicciones, no está mal quitarle tanta realidad a un supuesto lugar del mundo que diariamente nos llega digitalizado, virtual, exagerado, frívolo, increíble... fatal.

Sobre Gremialistas Garcas y Afines

martes 20 de octubre de 2009

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En Argentina, por motivos más que históricos para los que no alcanza esta pluma, el sindicalismo se ha convertido en una estructura que destruye la cultura del trabajo, casi en complicidad con las otrora llamadas patronales. Un gremio es, ante todo, una máquina de impedir, un compendio de parásitos y alcahuetes que transan por dos pesos, vendedores compulsivos de cualquier alma a cualquier diablo o cualquier arcángel chupamedias de dios o de su alter ego siniestro.

Si se ponen en una balanza las cosas buenas del sindicalismo argentino, tal vez no alcancen para equilibrar el efecto de sus cosas malas. Bariloche, está más que claro, no es la excepción. Salvo los alcahuetes, los punteros políticos y algunos periodistas, nadie tiene un buen concepto de los gremialistas que pululan en la ciudad.

"Incorrecto"

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Pretender que un mito popular asuma responsabilidades humanas es estúpido. Que además éste siga viviendo, es una situación impensada.
Consumado el mito, la supervivencia prolongada es una crueldad.

En la ciudad que todos evitaban...

sábado 17 de octubre de 2009

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Los animales de metal estaban prohibidos en la ciudad que todos evitaban. Los que recuerdan, porque no les queda mucho más que hacer en la vida, dicen que las noches allí eran hermosas. La luna y las estrellas brillaban como si debajo, en vez de una ciudad, hubiese una estepa negra o el bosque que habitan los murmullos vegetales del agua. El silencio era una celebración y los idiomas que se hablaban imponían la canción y el ritmo del cuerpo en sí mismo. No había guitarras, porque no hacían falta. No había dioses, porque la humanidad era suficiente.

Pero los animales de metal estaban prohibidos. Y el cenicero de las frutas perdidas en el desierto estaba en el Museo de las Heridas Abiertas. No había miedo al dolor; dicen que por eso a pesar de todo en la ciudad que todos evitaban valía realmente la pena vivir.

Insectívoro

martes 13 de octubre de 2009

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Los insectos cada tanto me resultan sabrosos. Con unas gotas de vinagre de manzana, o incluso con un poco de limón recién exprimido, despiertan en mi boca recuerdos que creo haber inventado para sacudir el sueño de mis fantasmas preferidos. Me gusta el ruido que hacen cuando empiezo a masticarlos. Primero se rompen sus esqueletos y después brota la pulpa oscura que guarda el sabor inusual de sus intimidades.

Algunos dicen que soy un salvaje, más aún cuando de alguna forma u otra decido comentar mis raros y esporádicos hábitos alimentarios (todo lo que hago está decidido) para encontrar gestos de repugnancia entre mis interlocutores, personas que ya decidieron, porque quienes me rodean también tienen todo decidido, que soy un estúpido, un loco que le hace frente a su soledad sin decoro, sin clase, sin esa falta de sensatez que reside muy cómoda en la palabra dignidad.

Pero sucede cada tanto, como ya dije, que los insectos me resultan sabrosos, porque habitualmente crecen y adquieren tamaños y formas que los asemejan a cualquiera de mis vecinos, y me persiguen por las calles infinitas de mis pesadillas. Puedo sentir sus vellosidades acariciar hasta el cosquilleo mi cuerpo desnudo en los acosos interminables, expuesto a la violencia de las arañas y de las personas que me rodean con miradas afiladas.

Más que los insectos persiguiéndome, lo que más me aterra es el ojo de metal con el que una mujer sordomuda mira mis genitales descubiertos. Una cucaracha gigante, una mosca descomunal, o una tarántula de mi estatura, difícilmente logren atacarme con la precisión que tienen mis vecinos. Uno se llama López de apellido y Nicolás de nombre, los demás no me acuerdo pero ninguno es polaco; eso sí, todos hablan el mismo idioma y esperan que me duerma para decirme algo que me complique la vida. Malditos.

 
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